Según el DRAE, una de las acepciones del verbo “divagar” es hablar o escribir sin concierto ni propósito fijo y determinado.
La misma fuente nos dice que “pensar” es intentar o formar ánimo de hacer algo, (también hay otras acepciones).
¿Cómo se define entonces el intento de formar un “divague”?
¿Y el de divagar con los pensamientos?
¿Existe la posibilidad de divagar sin pensar?
Imaginemos una hoja en blanco en la cual instalamos una “tormenta” de ideas, sin orden ni concierto, con el objetivo de formar un pensamiento que transmita un concepto coherente e inteligible.
Cada una de esas ideas, producto del divague inicial, es una pieza del rompecabezas que pretendemos armar.
Cada una de esas piezas es a su vez producto del pensamiento.
Asumiendo entonces una postura ecléctica, voy a intentar compartir algunos pensamientos serios, aunque no formales, con el riesgo de que parezcan divagues.
Un tema que me tiene inquieto es el de la imposibilidad de comunicación entre las generaciones “grandes” y las jóvenes.
Entiendo que es un fenómeno social producto de una cultura que empuja hacia el individualismo y la intolerancia.
Tal vez por razones etarias, pues tengo sesenta y cuatro años, percibo esta realidad hacia adelante y no hacia mis mayores (¿cómo me verán ellos?).
Me pregunto si esta inquietud nace del deseo de transmitirle mis certezas o si, por el contrario, es un pedido de auxilio en el combate con una, aparentemente inevitable, solitaria vejez.
Las dificultades de establecer parámetros en este seguimiento se incrementan al reconocer que dichas divisiones generacionales no siempre son claras y estables.
Se mezclan franjas de edades intermedias, algunos elementos de carácter clasista y también, corporativos.
También se incorporan actividades e intereses comunes que producen un cierre de filas ante cualquier intento invasivo.
¿Qué es lo que pasa? ¿Hablamos lenguajes distintos o tenemos intereses diferentes?
Confieso que no lo tengo claro.
Creo que esto es importante y amerita algo más que simples divagues.
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